17 de agosto de 2016


“Me disgusta la palabra "tolerancia" porque lleva implícita una jerarquía: el poderoso tolera al débil. "Hay que tolerar a las minorías", rezan los manuales de convivencia. Nunca se oye decir que el negro debe tolerar al blanco, ni el gay al hetero, ni el gamín al señorito. La tolerancia es vertical, se ejerce de arriba hacia abajo. Es la magnanimidad de la clase dominante. Prefiero la palabra "respeto", que es un sentimiento recíproco y horizontal”.


Días atrás el escritor y crítico literario, Julio Cesar Londoño, compartía este pensamiento que da inicio a esta entrada de nuestro blog, unas líneas bastante sugerentes, que nos han orientado, una vez más, a pensar y a reafirmarnos sobre la importancia y necesidad del reconocimiento de todas las comunidades, en especial de las minorías -o las denominadas como tal-. 



Por supuesto, si hablamos de reconocimiento, estamos hablando de Justicia Social. La Justicia social no solo tiene que ver con aspectos económicos o de distribución de bienes para que la gente tenga, por lo menos, unos mínimos dignos, sino que, como componente fundamental, cuenta con el reconocimiento para abordar y responder ante problemáticas de carácter cultural y discursivo. Es decir; tanto distribución económica como reconocimiento, son dimensiones sobre las que se debe reflexionar y en las que se debe trabajar, si se quiere hacer frente a situaciones de injusticia, desigualdad y opresión (Fraser, 2007).

Por ejemplo, los homosexuales tienen un trato económico diferente que se evidencia en su exclusión del derecho a adoptar o a poder dar en herencia sus bienes materiales, así como en la discriminación laboral. Sin embargo, aunque hay una repercusión económica para este colectivo, es evidente que es consecuencia de una subyugación en relación con su estatus, que desde la norma general “heterosexualidad” se ve señalado como una “opción pervertida que debe ser excluida radicalmente o tolerada como una forma de vida de segunda clase” (Fraser, 2007, p. 25). Por tanto, el énfasis está en la búsqueda del reconocimiento, de la igualdad de estatus. Ahora, en el caso de la clase trabajadora, sus dificultades tienen, principalmente, un carácter económico, aunque repercuten también en el estatus.

Una cosa es segura: mediante una tolerancia que mira por encima del hombro a una “forma de vida de segunda clase”, estableciendo, como bien mencionaba Londoño, una jerarquía en la que el poderoso tolera al débil, no construiremos Justicia Social. Por el contrario “no dejaremos de presenciar tristes y vergonzosos incidentes en los cuales los miembros de una comunidad tratan a los de otra como meros insectos, cuya identidad cultural, en vez de ser reconocida como se debe, es aplastada sin remordimientos” (Molina, 2014, p.180)

Parece una cruel ironía, además, que muchas de las personas que hablan de paz, son las mismas que dan la espalda al reconocimiento de la diversidad. Señores y señoras: no habrá paz sin justicia social y no habrá justicia social sin reconocimiento. El papel del reconocimiento es fundamental en la construcción de la identidad de cada individuo, al que además debe garantizársele dignidad.

Gandhi lo tenía claro, hablaba de la tolerancia como una palabra que no le gustaba, pero que a falta de otra, usaba para referirse al respeto a tener por la fé de los demás como si fuera la propia misma. La palabra “tolerancia” es asociada muchas veces a “lo malo”, a aquello que hay que tragar aunque sea “incorrecto”, por ejemplo, se toleran los defectos…y ¡no!, ¡no es un defecto ser diversos! La sociedad que camina hacia la justicia social, debe comprometerse con el respeto por la diversidad, pues es justamente ella, la diversidad, la que nos enriquece.

  
Referencias

Molina, M. C. (2009). Sobre Charles Taylor y algunos problemas relativos a la política del reconocimiento. Ars Boni et Aequi, (5), 157-182.
Arribas, S., & del Castillo Santos, R. (2007). La justicia en tres dimensiones: entrevista con Nancy Fraser. Minerva: Revista del Círculo de Bellas Artes, (6), 24-29.

Uso del lenguaje para la Justicia Social: ¿Tolerancia o respeto?


“Me disgusta la palabra "tolerancia" porque lleva implícita una jerarquía: el poderoso tolera al débil. "Hay que tolerar a las minorías", rezan los manuales de convivencia. Nunca se oye decir que el negro debe tolerar al blanco, ni el gay al hetero, ni el gamín al señorito. La tolerancia es vertical, se ejerce de arriba hacia abajo. Es la magnanimidad de la clase dominante. Prefiero la palabra "respeto", que es un sentimiento recíproco y horizontal”.


Días atrás el escritor y crítico literario, Julio Cesar Londoño, compartía este pensamiento que da inicio a esta entrada de nuestro blog, unas líneas bastante sugerentes, que nos han orientado, una vez más, a pensar y a reafirmarnos sobre la importancia y necesidad del reconocimiento de todas las comunidades, en especial de las minorías -o las denominadas como tal-. 



Por supuesto, si hablamos de reconocimiento, estamos hablando de Justicia Social. La Justicia social no solo tiene que ver con aspectos económicos o de distribución de bienes para que la gente tenga, por lo menos, unos mínimos dignos, sino que, como componente fundamental, cuenta con el reconocimiento para abordar y responder ante problemáticas de carácter cultural y discursivo. Es decir; tanto distribución económica como reconocimiento, son dimensiones sobre las que se debe reflexionar y en las que se debe trabajar, si se quiere hacer frente a situaciones de injusticia, desigualdad y opresión (Fraser, 2007).

Por ejemplo, los homosexuales tienen un trato económico diferente que se evidencia en su exclusión del derecho a adoptar o a poder dar en herencia sus bienes materiales, así como en la discriminación laboral. Sin embargo, aunque hay una repercusión económica para este colectivo, es evidente que es consecuencia de una subyugación en relación con su estatus, que desde la norma general “heterosexualidad” se ve señalado como una “opción pervertida que debe ser excluida radicalmente o tolerada como una forma de vida de segunda clase” (Fraser, 2007, p. 25). Por tanto, el énfasis está en la búsqueda del reconocimiento, de la igualdad de estatus. Ahora, en el caso de la clase trabajadora, sus dificultades tienen, principalmente, un carácter económico, aunque repercuten también en el estatus.

Una cosa es segura: mediante una tolerancia que mira por encima del hombro a una “forma de vida de segunda clase”, estableciendo, como bien mencionaba Londoño, una jerarquía en la que el poderoso tolera al débil, no construiremos Justicia Social. Por el contrario “no dejaremos de presenciar tristes y vergonzosos incidentes en los cuales los miembros de una comunidad tratan a los de otra como meros insectos, cuya identidad cultural, en vez de ser reconocida como se debe, es aplastada sin remordimientos” (Molina, 2014, p.180)

Parece una cruel ironía, además, que muchas de las personas que hablan de paz, son las mismas que dan la espalda al reconocimiento de la diversidad. Señores y señoras: no habrá paz sin justicia social y no habrá justicia social sin reconocimiento. El papel del reconocimiento es fundamental en la construcción de la identidad de cada individuo, al que además debe garantizársele dignidad.

Gandhi lo tenía claro, hablaba de la tolerancia como una palabra que no le gustaba, pero que a falta de otra, usaba para referirse al respeto a tener por la fé de los demás como si fuera la propia misma. La palabra “tolerancia” es asociada muchas veces a “lo malo”, a aquello que hay que tragar aunque sea “incorrecto”, por ejemplo, se toleran los defectos…y ¡no!, ¡no es un defecto ser diversos! La sociedad que camina hacia la justicia social, debe comprometerse con el respeto por la diversidad, pues es justamente ella, la diversidad, la que nos enriquece.

  
Referencias

Molina, M. C. (2009). Sobre Charles Taylor y algunos problemas relativos a la política del reconocimiento. Ars Boni et Aequi, (5), 157-182.
Arribas, S., & del Castillo Santos, R. (2007). La justicia en tres dimensiones: entrevista con Nancy Fraser. Minerva: Revista del Círculo de Bellas Artes, (6), 24-29.

1 de julio de 2016





¿La educación "debe" o puede cambiar la sociedad? Cada día la sociedad mira a la educación como todopoderosa en el sentido de que pide a la escuela que contribuya a cambiar el sexismo de la sociedad, el maltrato entre los iguales, la alimentación de nuestros hijos e hijas, la discriminación, ... y tantas injusticias. 

Pero, ¿para promover el cambio socialmente justo es necesaria la educación? Vamos a profundizar en dos miradas al papel de la educación en la sociedad: las propuestas de Dewey y Freire. John Dewey es el filósofo de la educación más importante del pasado siglo. Hombre crítico sobre la sociedad. Quizá la palabra que se le atribuye o con la que se le identifica es con el movimiento filosófico del pragmatismo. Ha sido el precedente de otros filósofos actuales reconocidos como por ejemplo: Putnam y Conant (1992), Quine (1976) o Rorty (1982). Dewey denominó a su pensamiento como "naturalismo empírico" que está caracterizado como una reflexión acerca de la educación y su potencial como agente de cambio.

En 1937, Dewey publicó un artículo titulado Educación y Cambio Social, en el que la denominó el "factor condicionante". Para él, las escuelas deben contribuir a la generación de una sociedad diferente, nueva. Estas han de cambiar puesto que no siguen el ritmo de la sociedad, ya entonces, necesario. Pero no tiene solo la intención de cambiar la escuela, lo que verdaderamente quiere cambiar es la sociedad. En su momento no estaba tan claro, es probable que siga sin estarlo, que la  educación tuviera un papel en este cambio social. Más bien existe una tendencia generalizada a considerar que la escuela es parasitaria de la sociedad. Y, por tanto, no se ve la función activa de la escuela como motor del cambio social, sino que por el contrario ejerce una función de adoctrinamiento y adaptación de los individuos a la sociedad.

Sin embargo, Dewey (1937) pretende mostrar el lugar que tiene la educación en la promoción del cambio social. El autor observa que hay un desfase entre la sociedad y las instituciones educativas. Para ello, considera que es necesario que la escuela se integre en la vida social. Muchos la ven, sencillamente, como subsidiaria de la sociedad, y desde luego no con unas acciones a favor de la transformación. Pero   Dewey, al contrario,  está convencido de que sí debe llevar un papel importante en la producción del cambio social (p. 188).  No niega que históricamente haya habido variaciones en la escuela, sin embargo no han estado orientadas a la transformación de la sociedad. Por ello, no discute sobre si la escuela puede ejercer o no un cambio, sino el modo en el que lo debe de hacer. En este sentido habla de tres posibilidades:

a)   El profesorado acrecienta la confusión y el desorden ya existente.
b)  Los docentes y las docentes determinan las tecnologías, los elementos científicos y culturales en función de unos resultados esperados considerando que la escuela se debe sumar a ellos.
c) Los profesores y profesoras fijan su meta en conseguir mantener el antiguo orden social frente a los cambios y fuerzas de la sociedad.  

John Dewey descarta  tanto la opción a) como la c); y niega la supuesta neutralidad de la escuela dado que se convierte en instrumento del poder para reproducir el orden social.  Para otros muchos pensadores el hecho de considerarla como instrumento o agente de cambio es sencillamente perder el tiempo, dado que éste llegará mediante una revolución, que a su vez, conllevará,  ya sin obstáculos, un cambio educativo.

Por otro lado, Dewey es consciente de que la escuela no puede producir por sí sola los cambios que espera. Pero, también, es cierto que ella es imprescindible para logar cualquier auténtica transformación social. De este modo, considera fundamental que cualquier cambio social esté asociado con los agentes que lo promueven. Y la escuela asume para Dewey una actitud activa que exige un marco referencial claro. El cambio plantea una idea y un ideal de democracia que aborda la necesidad de una participación personal y voluntaria en los procesos de toma de decisiones; Y no solo, también en los modos en los que se llevan a cabo.

Este papel de la escuela junto con la importancia de la democracia son dos elementos de conexión entre Dewey y Freire.  Paulo Freire cuando habla de la educación la plantea como una cuestión de compromiso profesional con la sociedad. 


Freire (1976) considera que comprometerse implica “estar en el mundo”, tener conciencia de él. Eso significa ser capaz de actuar y de reflexionar. Para este pedagogo brasileño universal, representa estar “empapado” de la realidad en la que uno está. Supone un quehacer radical, totalizado que rechaza las racionalizaciones; no puede ser parcial, o referido a un tiempo, los días lunes sí y cambiarlo para los días martes. Es absoluto y radical. En este sentido, plantea que el hombre, el ser humano, no es una isla. Y propone una serie de  dicotomías:

a) Saber-Ignorancia: En esta propuesta habla del carácter permanente de la educación, y aunque pudiera parecer lo contrario, considera que no hay seres educados y no educados, puesto que todos estamos en proceso de serlo. La sabiduría es parte de la ignorancia. El saber se hace a través de la superación constante. Y, por tanto, no puede haber una actitud superior del que enseña hacia el enseñado.

b) Amor-desamor: El amor es una tarea del sujeto. Se ama en la medida en la que se busca comunicación con los demás. No hay educación sin amor. El amor supone luchar contra el egoísmo. Para Freire quien no es capaz de amar no es capaz de educar.

c) Esperanza-Desesperanza: En el fundamento de esta falta de conclusión justamente nace el problema de la esperanza y la desesperanza. Una educación sin esperanza no es educación.

d) El hombre un ser de relaciones:
 El hombre está en el mundo y con el mundo, esto lo hace capaz de relacionarse, de salir de sí mismo y de proyectarse hacia el mundo y hacia los otros. Son relaciones que se hacen en el mundo, con el mundo y por el mundo.

Con esta mirada Freire propone reflexionar sobre cómo el hombre tiende a captar la realidad y hacerla objeto de sus conocimientos. Cuando el hombre comprende su realidad es cuando puede buscar soluciones para transformarla con su trabajo.

La cultura es todo lo creado por el hombre. Y la educación no es un proceso de adaptación del individuo a la sociedad. La persona debe transformar la realidad para ser más. El hombre se integra pero no se acomoda. Paulo Freire reconoce el ímpetu creador del hombre, y en este contexto, critica al educador como domesticador, donde considera que el alumno ha de repetir lo que el profesor ha dicho en clase. Por tanto, anima a todo lo contrario, ha de promover una conciencia crítica que permita al hombre (y la mujer) transformar la realidad.

Por eso, el pedagogo brasileño, cree que la sociedad está en un proceso de transición, constituida por valores y formas de comportarse. El hecho de mirar así la sociedad implica un punto de partida, un proceso y punto de llegada. Un proceso de transformación en el que hay que saber lo que hemos sido para diseñar lo que seremos. Sin embargo, hay que luchar en contra de ser una sociedad alienada, que es aquella que pretende imitar a otro y no ser ella misma, que no tiene conciencia de su propio existir. No consiste en copiar sino en inventar para la propia idiosincrasia. Para Freire el cambio pasa por un compromiso, por adquirir una conciencia que transforme. El cambio se produce por que transforma una conciencia ingenua en una conciencia crítica. De este modo, el proceso educativo es un proceso de concientización.

Enumeramos algunos elementos de la conciencia ingenua:
  • Simplicidad o simplismo en la interpretación de los problemas, podríamos denominarlo como superficial.
  • Considerar que todo tiempo pasado fue mejor.
  • Aceptación de formas gregarias del comportamiento, lo cual puede abocar en conciencias fanáticas.
  • Subestimar a la gente sencilla.
  • Se basa en las experiencias y es impermeable a la investigación. Es una conciencia mágica de la realidad.
  • Ingenuo en las argumentaciones y, por tanto, frágil en la discusión de problemas.
  • Es pasional y frecuentemente fanático o sectario.
  • La realidad no cambia, es estática.
Mientras que la conciencia crítica se caracteriza  por:
  • Analizar en profundidad los problemas, más allá de las apariencias mediante procesos complejos de análisis.
  • Reconocer y valorar que la realidad cambia.
  • Busca los principios de causalidad verdaderos.
  • Pretende verificar sus hallazgos, y siempre está abierta a revisar y modificar sus puntos de vista y sus prejuicios.
  • Rechaza las posiciones inmovilistas.
  • Acepta la responsabilidad y la autoridad.
  • Es curiosa, interrogadora, provocadora.
  • Siente pasión por el diálogo y se alimenta de él.
  • No rechaza lo viejo, por serlo. Ni lo nuevo, por tal. Se plantea en qué media son válidos.

Freire nos habla del cambio cultural en un sentido amplio que transforma la estructura social. Y, al mismo tiempo, el hecho de que una estructura social que se transforma totalmente provoca un cambio cultural asociado a la transformación cultural. Ser capaz de abandonar la percepción mágica de la sociedad permite promover el cambio de las estructuras. Confrontar al hombre con su realidad implica mirarla desde dentro y desde adentro generando una percepción más crítica y profunda de su realidad. No adaptarse fatalísticamente a una realidad deshumanizante. Implica el valor de cambiar para ser más.Entre los elementos del proceso de cambio destacamos el de democratización. Mannheim (2003), lo denomina “democratización fundamental”, el cual implica una creciente participación del pueblo en su proceso histórico. Quizás este elemento es el puente entre Dewey y Freire. La ruptura de la sociedad, entra desde que surge el proceso democratizador, ya no es un mero espectador de su sociedad.  La educación proporciona ese proceso de concientización y de criticidad, donde el hombre opta y decide.

Concluimos con una cita de Freire:


Concluimos con una cita de Freire:
A estas alturas creo que no hay que temer pronunciar la palabra democracia. Porque hay mucha gente que al escuchar esa palabra la asocia con social democracia; inmediatamente con reformismo. Yo cuando la escucho, la asocio con socialismo, o con revolución, es decir, cambios profundos; re-volver o dar la vuelta a una situación dada. (Freire. 1976 , p. 33)

Referencias:


  • Dewey, J. (2004) Democracy and Education. Boston, MA: Courier Corporation.
  • Freire, P. (1976). Educación y Cambio. Buenos Aires: Ediciones Búsqueda.
  • Giroux, H. A. (1990). Los profesores como intelectuales. Barcelona: Paidos.
  • Mannheim, K. (2003) . Ideology and utopia. Londres: Routledge.
  • Putnam, H y Conant, J. (1992). Realism with a human face.  Boston, MA: Harvard University Press.
  • Rorty, R. (1982). Consecuences of pragmatism: Essays, 1972-1980. Minneapolis, MI: Minessota Press.
  • Van Orman Quine, W. (1976). Two dogmas of empiricism. Can theories be Refuted? Holanda: Springer.









¿La educación "debe" cambiar la sociedad"? Dos miradas: Dewey y Freire.





¿La educación "debe" o puede cambiar la sociedad? Cada día la sociedad mira a la educación como todopoderosa en el sentido de que pide a la escuela que contribuya a cambiar el sexismo de la sociedad, el maltrato entre los iguales, la alimentación de nuestros hijos e hijas, la discriminación, ... y tantas injusticias. 

Pero, ¿para promover el cambio socialmente justo es necesaria la educación? Vamos a profundizar en dos miradas al papel de la educación en la sociedad: las propuestas de Dewey y Freire. John Dewey es el filósofo de la educación más importante del pasado siglo. Hombre crítico sobre la sociedad. Quizá la palabra que se le atribuye o con la que se le identifica es con el movimiento filosófico del pragmatismo. Ha sido el precedente de otros filósofos actuales reconocidos como por ejemplo: Putnam y Conant (1992), Quine (1976) o Rorty (1982). Dewey denominó a su pensamiento como "naturalismo empírico" que está caracterizado como una reflexión acerca de la educación y su potencial como agente de cambio.

En 1937, Dewey publicó un artículo titulado Educación y Cambio Social, en el que la denominó el "factor condicionante". Para él, las escuelas deben contribuir a la generación de una sociedad diferente, nueva. Estas han de cambiar puesto que no siguen el ritmo de la sociedad, ya entonces, necesario. Pero no tiene solo la intención de cambiar la escuela, lo que verdaderamente quiere cambiar es la sociedad. En su momento no estaba tan claro, es probable que siga sin estarlo, que la  educación tuviera un papel en este cambio social. Más bien existe una tendencia generalizada a considerar que la escuela es parasitaria de la sociedad. Y, por tanto, no se ve la función activa de la escuela como motor del cambio social, sino que por el contrario ejerce una función de adoctrinamiento y adaptación de los individuos a la sociedad.

Sin embargo, Dewey (1937) pretende mostrar el lugar que tiene la educación en la promoción del cambio social. El autor observa que hay un desfase entre la sociedad y las instituciones educativas. Para ello, considera que es necesario que la escuela se integre en la vida social. Muchos la ven, sencillamente, como subsidiaria de la sociedad, y desde luego no con unas acciones a favor de la transformación. Pero   Dewey, al contrario,  está convencido de que sí debe llevar un papel importante en la producción del cambio social (p. 188).  No niega que históricamente haya habido variaciones en la escuela, sin embargo no han estado orientadas a la transformación de la sociedad. Por ello, no discute sobre si la escuela puede ejercer o no un cambio, sino el modo en el que lo debe de hacer. En este sentido habla de tres posibilidades:

a)   El profesorado acrecienta la confusión y el desorden ya existente.
b)  Los docentes y las docentes determinan las tecnologías, los elementos científicos y culturales en función de unos resultados esperados considerando que la escuela se debe sumar a ellos.
c) Los profesores y profesoras fijan su meta en conseguir mantener el antiguo orden social frente a los cambios y fuerzas de la sociedad.  

John Dewey descarta  tanto la opción a) como la c); y niega la supuesta neutralidad de la escuela dado que se convierte en instrumento del poder para reproducir el orden social.  Para otros muchos pensadores el hecho de considerarla como instrumento o agente de cambio es sencillamente perder el tiempo, dado que éste llegará mediante una revolución, que a su vez, conllevará,  ya sin obstáculos, un cambio educativo.

Por otro lado, Dewey es consciente de que la escuela no puede producir por sí sola los cambios que espera. Pero, también, es cierto que ella es imprescindible para logar cualquier auténtica transformación social. De este modo, considera fundamental que cualquier cambio social esté asociado con los agentes que lo promueven. Y la escuela asume para Dewey una actitud activa que exige un marco referencial claro. El cambio plantea una idea y un ideal de democracia que aborda la necesidad de una participación personal y voluntaria en los procesos de toma de decisiones; Y no solo, también en los modos en los que se llevan a cabo.

Este papel de la escuela junto con la importancia de la democracia son dos elementos de conexión entre Dewey y Freire.  Paulo Freire cuando habla de la educación la plantea como una cuestión de compromiso profesional con la sociedad. 


Freire (1976) considera que comprometerse implica “estar en el mundo”, tener conciencia de él. Eso significa ser capaz de actuar y de reflexionar. Para este pedagogo brasileño universal, representa estar “empapado” de la realidad en la que uno está. Supone un quehacer radical, totalizado que rechaza las racionalizaciones; no puede ser parcial, o referido a un tiempo, los días lunes sí y cambiarlo para los días martes. Es absoluto y radical. En este sentido, plantea que el hombre, el ser humano, no es una isla. Y propone una serie de  dicotomías:

a) Saber-Ignorancia: En esta propuesta habla del carácter permanente de la educación, y aunque pudiera parecer lo contrario, considera que no hay seres educados y no educados, puesto que todos estamos en proceso de serlo. La sabiduría es parte de la ignorancia. El saber se hace a través de la superación constante. Y, por tanto, no puede haber una actitud superior del que enseña hacia el enseñado.

b) Amor-desamor: El amor es una tarea del sujeto. Se ama en la medida en la que se busca comunicación con los demás. No hay educación sin amor. El amor supone luchar contra el egoísmo. Para Freire quien no es capaz de amar no es capaz de educar.

c) Esperanza-Desesperanza: En el fundamento de esta falta de conclusión justamente nace el problema de la esperanza y la desesperanza. Una educación sin esperanza no es educación.

d) El hombre un ser de relaciones:
 El hombre está en el mundo y con el mundo, esto lo hace capaz de relacionarse, de salir de sí mismo y de proyectarse hacia el mundo y hacia los otros. Son relaciones que se hacen en el mundo, con el mundo y por el mundo.

Con esta mirada Freire propone reflexionar sobre cómo el hombre tiende a captar la realidad y hacerla objeto de sus conocimientos. Cuando el hombre comprende su realidad es cuando puede buscar soluciones para transformarla con su trabajo.

La cultura es todo lo creado por el hombre. Y la educación no es un proceso de adaptación del individuo a la sociedad. La persona debe transformar la realidad para ser más. El hombre se integra pero no se acomoda. Paulo Freire reconoce el ímpetu creador del hombre, y en este contexto, critica al educador como domesticador, donde considera que el alumno ha de repetir lo que el profesor ha dicho en clase. Por tanto, anima a todo lo contrario, ha de promover una conciencia crítica que permita al hombre (y la mujer) transformar la realidad.

Por eso, el pedagogo brasileño, cree que la sociedad está en un proceso de transición, constituida por valores y formas de comportarse. El hecho de mirar así la sociedad implica un punto de partida, un proceso y punto de llegada. Un proceso de transformación en el que hay que saber lo que hemos sido para diseñar lo que seremos. Sin embargo, hay que luchar en contra de ser una sociedad alienada, que es aquella que pretende imitar a otro y no ser ella misma, que no tiene conciencia de su propio existir. No consiste en copiar sino en inventar para la propia idiosincrasia. Para Freire el cambio pasa por un compromiso, por adquirir una conciencia que transforme. El cambio se produce por que transforma una conciencia ingenua en una conciencia crítica. De este modo, el proceso educativo es un proceso de concientización.

Enumeramos algunos elementos de la conciencia ingenua:
  • Simplicidad o simplismo en la interpretación de los problemas, podríamos denominarlo como superficial.
  • Considerar que todo tiempo pasado fue mejor.
  • Aceptación de formas gregarias del comportamiento, lo cual puede abocar en conciencias fanáticas.
  • Subestimar a la gente sencilla.
  • Se basa en las experiencias y es impermeable a la investigación. Es una conciencia mágica de la realidad.
  • Ingenuo en las argumentaciones y, por tanto, frágil en la discusión de problemas.
  • Es pasional y frecuentemente fanático o sectario.
  • La realidad no cambia, es estática.
Mientras que la conciencia crítica se caracteriza  por:
  • Analizar en profundidad los problemas, más allá de las apariencias mediante procesos complejos de análisis.
  • Reconocer y valorar que la realidad cambia.
  • Busca los principios de causalidad verdaderos.
  • Pretende verificar sus hallazgos, y siempre está abierta a revisar y modificar sus puntos de vista y sus prejuicios.
  • Rechaza las posiciones inmovilistas.
  • Acepta la responsabilidad y la autoridad.
  • Es curiosa, interrogadora, provocadora.
  • Siente pasión por el diálogo y se alimenta de él.
  • No rechaza lo viejo, por serlo. Ni lo nuevo, por tal. Se plantea en qué media son válidos.

Freire nos habla del cambio cultural en un sentido amplio que transforma la estructura social. Y, al mismo tiempo, el hecho de que una estructura social que se transforma totalmente provoca un cambio cultural asociado a la transformación cultural. Ser capaz de abandonar la percepción mágica de la sociedad permite promover el cambio de las estructuras. Confrontar al hombre con su realidad implica mirarla desde dentro y desde adentro generando una percepción más crítica y profunda de su realidad. No adaptarse fatalísticamente a una realidad deshumanizante. Implica el valor de cambiar para ser más.Entre los elementos del proceso de cambio destacamos el de democratización. Mannheim (2003), lo denomina “democratización fundamental”, el cual implica una creciente participación del pueblo en su proceso histórico. Quizás este elemento es el puente entre Dewey y Freire. La ruptura de la sociedad, entra desde que surge el proceso democratizador, ya no es un mero espectador de su sociedad.  La educación proporciona ese proceso de concientización y de criticidad, donde el hombre opta y decide.

Concluimos con una cita de Freire:


Concluimos con una cita de Freire:
A estas alturas creo que no hay que temer pronunciar la palabra democracia. Porque hay mucha gente que al escuchar esa palabra la asocia con social democracia; inmediatamente con reformismo. Yo cuando la escucho, la asocio con socialismo, o con revolución, es decir, cambios profundos; re-volver o dar la vuelta a una situación dada. (Freire. 1976 , p. 33)

Referencias:


  • Dewey, J. (2004) Democracy and Education. Boston, MA: Courier Corporation.
  • Freire, P. (1976). Educación y Cambio. Buenos Aires: Ediciones Búsqueda.
  • Giroux, H. A. (1990). Los profesores como intelectuales. Barcelona: Paidos.
  • Mannheim, K. (2003) . Ideology and utopia. Londres: Routledge.
  • Putnam, H y Conant, J. (1992). Realism with a human face.  Boston, MA: Harvard University Press.
  • Rorty, R. (1982). Consecuences of pragmatism: Essays, 1972-1980. Minneapolis, MI: Minessota Press.
  • Van Orman Quine, W. (1976). Two dogmas of empiricism. Can theories be Refuted? Holanda: Springer.